febrero 25, 2003
Un común denominador entre los aficionados al fútbol es que no se cambia la afición por un equipo. A mi me ha sucedido lo contrario. Fui Puma de la UNAM por 10 años, un ciclo en primera instancia breve, pero total: el periodo comprendido entre mis 10 y mis 20 años de edad. El cierre de la niñez, la adolescencia entera y la primer juventud puestas en la criba del balón. Entonces no hubo un ícono con más poder sobre mí, una vertical más dirigida al centro, que el escudo de los Pumas. Por muy banal que suene a estas alturas, nada me parecía más natural y majestuoso, nada más pleno en mi corazón ni más chisporroteante que la cabeza del puma universitario. Llámale afición. Un esquema telúrico, cometas, pájaros invisibles.
Afición que nació, siendo exactos, un domingo feliz de 1981, en la final de Liga 80-81 que se jugó en CU. Mi familia se arremolinó en una fonda del Centro de Guadalajara para ver a los Pumas, un equipo joven que dirigía el ex-jugador Bora Milutinovic. Habían hecho una temporada histórica, o así lo creo. Hugo Sánchez se despedía del fútbol mexicano, jugaría en el Atlético de Madrid del que acá se sabía muy poco, sólo que cinco años antes había ganado la Copa de Europa ayudándose de Rubén "Ratón" Ayala, que ahora jugaba en México. Ese domingo fue mi conversión, tanto a futbolista como a Puma. Ignoro la ubicación de la fonda, pero recuerdo bien el pozole hirviendo en unos recipientes de barro, salsas bravísimas que hacían convulsionar el rostro de mis tíos, azulejo blanco, destapadores de pared vomitando corcholatas y una pantalla gigante y borrosa donde vimos a Hugo cabecear un balón a gol, como yo nunca pude.
4-1. También hicieron goles Manuel Manzo, con un toque justo y raso que afectó mi forma de jugar desde el DNA, Tuca Ferreti en un cabezazo equívoco y Gustavo Vargas (creo). Por Cruz Azul descontó Rafael Toribio en una jugada llena de malignidad que puedo reconstruir fotográficamente en mi cabeza. En la fonda, al término del partido, hubo pocos comentarios. Se hablaba de Hugo, pero mis tíos preferían guardar silencio en homenaje a sus ausentes: el Guadalajara, el Atlas y los Leones Negros de la UDG.
El puma de las camisetas era más grande que el actual, cubría casi todo el pecho. Parecía negro pero era azul. Siguieron utilizándolo varios años. Hugo emigró. Seguí siendo Puma. En 1985 sufrí como un apendicitis la Final de la Corregidora, contra el América intolerante de los años ochenta, y terminé mi gusto puma en 1991, otra vez campeón. Luego no sé qué pasó. El fútbol me fue indiferente. Cuando recuperé las ganas en 1994, gracias a Romario, ya no era Puma. El magma se secó. Piedra volcánica.
Lo que me pregunto, nomás curiosidad, es por qué me hice Puma en 1981 y no Tigre en 1979, a mis ocho años, cuando la familia se reunió para la Final en un sitio de mayor cariño. El Desdén, el rancho suburbano de mi abuelo Alfonso, era un pastizal mal bardeado del que cada primo (puedo asegurarlo) guarda memorias fundamentales. Regados en sillas de metal, trozos de tronco y equipales vimos a los Tigres de la UANL vencer dramáticamente al Atlante. En pénalties, modalidad nueva y cruel. Tengo presente cuando Ricardo Lavolpe, portero del Atlante, anotó su gol como diciendo: "He cumplido." Guardo un fino respeto por esos Tigres, un equipo fulminante cuyo símbolo fue Jerónimo "Patrulla" Barbadillo, el extremo escencial del resto de mi vida. Pero no me convirtieron. No me hice Tigre.
Hablo de afición como quitándome una escama. Sólo por tocar el tema. Palabras así, e ideas abominables como amor a la camiseta, los lancé por un trampolín y siguen ahí, caídos. Ahí se quedan. Hablo de consecuencias. De cicatrices, barras y vecindarios lúgubres. Estoy a un paso de concebirme como futbolista y a otro paso, es decir a la misma distancia, de perder todo atractivo hacia el fútbol como entretenimiento favorito, la total indiferencia. Como en toda decisión, a mi derecha hay vasos de cristal y a mi izquierda, en forma incómoda, veo granos de cacao.
Me siento tan simbólico. Mañana hay buen fútbol por ESPN.
. . . . . . . . . .
Comentarios:
mr_phuy@mail.com
Afición que nació, siendo exactos, un domingo feliz de 1981, en la final de Liga 80-81 que se jugó en CU. Mi familia se arremolinó en una fonda del Centro de Guadalajara para ver a los Pumas, un equipo joven que dirigía el ex-jugador Bora Milutinovic. Habían hecho una temporada histórica, o así lo creo. Hugo Sánchez se despedía del fútbol mexicano, jugaría en el Atlético de Madrid del que acá se sabía muy poco, sólo que cinco años antes había ganado la Copa de Europa ayudándose de Rubén "Ratón" Ayala, que ahora jugaba en México. Ese domingo fue mi conversión, tanto a futbolista como a Puma. Ignoro la ubicación de la fonda, pero recuerdo bien el pozole hirviendo en unos recipientes de barro, salsas bravísimas que hacían convulsionar el rostro de mis tíos, azulejo blanco, destapadores de pared vomitando corcholatas y una pantalla gigante y borrosa donde vimos a Hugo cabecear un balón a gol, como yo nunca pude.
4-1. También hicieron goles Manuel Manzo, con un toque justo y raso que afectó mi forma de jugar desde el DNA, Tuca Ferreti en un cabezazo equívoco y Gustavo Vargas (creo). Por Cruz Azul descontó Rafael Toribio en una jugada llena de malignidad que puedo reconstruir fotográficamente en mi cabeza. En la fonda, al término del partido, hubo pocos comentarios. Se hablaba de Hugo, pero mis tíos preferían guardar silencio en homenaje a sus ausentes: el Guadalajara, el Atlas y los Leones Negros de la UDG.
El puma de las camisetas era más grande que el actual, cubría casi todo el pecho. Parecía negro pero era azul. Siguieron utilizándolo varios años. Hugo emigró. Seguí siendo Puma. En 1985 sufrí como un apendicitis la Final de la Corregidora, contra el América intolerante de los años ochenta, y terminé mi gusto puma en 1991, otra vez campeón. Luego no sé qué pasó. El fútbol me fue indiferente. Cuando recuperé las ganas en 1994, gracias a Romario, ya no era Puma. El magma se secó. Piedra volcánica.
Lo que me pregunto, nomás curiosidad, es por qué me hice Puma en 1981 y no Tigre en 1979, a mis ocho años, cuando la familia se reunió para la Final en un sitio de mayor cariño. El Desdén, el rancho suburbano de mi abuelo Alfonso, era un pastizal mal bardeado del que cada primo (puedo asegurarlo) guarda memorias fundamentales. Regados en sillas de metal, trozos de tronco y equipales vimos a los Tigres de la UANL vencer dramáticamente al Atlante. En pénalties, modalidad nueva y cruel. Tengo presente cuando Ricardo Lavolpe, portero del Atlante, anotó su gol como diciendo: "He cumplido." Guardo un fino respeto por esos Tigres, un equipo fulminante cuyo símbolo fue Jerónimo "Patrulla" Barbadillo, el extremo escencial del resto de mi vida. Pero no me convirtieron. No me hice Tigre.
Hablo de afición como quitándome una escama. Sólo por tocar el tema. Palabras así, e ideas abominables como amor a la camiseta, los lancé por un trampolín y siguen ahí, caídos. Ahí se quedan. Hablo de consecuencias. De cicatrices, barras y vecindarios lúgubres. Estoy a un paso de concebirme como futbolista y a otro paso, es decir a la misma distancia, de perder todo atractivo hacia el fútbol como entretenimiento favorito, la total indiferencia. Como en toda decisión, a mi derecha hay vasos de cristal y a mi izquierda, en forma incómoda, veo granos de cacao.
Me siento tan simbólico. Mañana hay buen fútbol por ESPN.
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